
Desde pequeña me gustaba crear historias. Muchas de estas eran basadas en las vidas de las personas que veía en la calle, miradas ajenas y sonrisas inesperadas.
A menudo trataba de visualizar vidas forasteras para así poder dar sentido a la mía propia y entender de una buena vez que la vida y la humanidad es un solo hilo donde explota una enorme cantidad de coincidencias y encuentros.
Cuando llegue a este país por primera vez, solía sentarme en alguna cafetería y pedir el café con leche que no degustaba porque aún no caía en las garras cafeinitas.
De alguna manera me sentía protegida por su humeante compañía mientras miraba por la ventana y cavilaba sobre todo lo que quedo atrás, sobre mi país, mi gente y mis experiencias. Desde ese entonces la manía de observar personas se me ha vuelto una casi incontrolable porque creo que mirando bien y escuchando podemos abrir a veces ventanas de comunicación que no somos capaces de percibir en nuestro acelerado diario vivir.
Así fue como hace unos días atrás, casi 10 años más tarde de mi llegada a Charlotte, me encontraba en el supermercado cuando escuché una voz masculina cantando la canción “No se tú” de Armando Manzanero o la conocida interpretación de Luis Miguel.
Cuando me volteé a mirar al dueño de la privilegiada voz me percaté que era un afroamericano, con la cabeza llena de “rastas” con los audífonos de “I Pod” bien puestos y los ojos bien cerrados. Mediante su ceño fruncido se podía ver como la pasión por aquella canción se desbordaba.
En aquella ocasión no me atreví a acercarme a preguntar cómo cantaba tan bien en español y cómo conocía esa canción.
En aquel segundo mis cualidades de reportera se quedaron tiradas en el suelo. Pero hace unos días me volví a encontrar con el erudito del canto, quien tarareaba la misma canción con su ceño igualmente fruncido.
Esta vez no permití que mi -no tan obvia timidez- hiciera de las suyas y media torpe tipo “inspector Gadget” me acerqué sin ninguna ocurrencia más que levantar mi dedo pulgar y decir:”that is a beautiful song”.
El, sin conocerme, me regaló la más increíble sonrisa de la semana, que por cierto, necesitaba terriblemente.
Resulta que Ronald era cantante desde niño, le gustaba cantar en diferentes idiomas y estaba recién aprendiendo español en la biblioteca.
Yo por mi parte, contenta de haber podido golpear mi inseguridad, dediqué varios minutos a conocer un poco de él, no tan sólo para saciar mi necesidad de infancia, sino también para darme cuenta que en un país y en una ciudad como Charlotte donde las diferencias sociales y el sentimiento separatista de los orígenes de las personas, pasan a ser secundarios cuando se traspasa esas barreras tontas, y cuando la música y la urgencia de aprender un idioma tan bello como el castellano acercan a las personas y no las alejan.
Hoy me percato que la gente está dejándose llevar por el hecho de que existe una necesidad social de acercamiento, de una comunidad integral, de tolerancia y de aprendizaje con el prójimo, sea el color que sea o se diga “Can I get a coffee” o “No se tú”.























